Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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lia transpire entre el pueblo y cubra de infamia a los verdugos del hijo de Luis XIII.
--No digáis esas niñerías, Athos, o de lo contrario dejo de teneros por sensato. Por otra parte, ¿cómo po-
dría Luis XIII tener un hijo en la isla de Santa Margarita?
--Un hijo a quien habéis conducido vos aquí, enmascarado, en la barca de un pescador, --dijo el conde
de La Fere.
--¿Y de dónde habéis sacado vos que una barca de pescador?... --repuso D'Artagnan algo cortado.
--Una barca que os ha traído aquí junto con la carroza que encerraba al preso, a quien vos llamáis mon-
señor. Ya veis que lo sé.
--Aunque esto fuese verdad, --replicó el mosquetero, royéndose el bigote; --aunque fuese verdad que
yo hubiese conducido aquí en una barca y con una carroza a un preso enmascarado, nada prueba que el
preso sea un príncipe... de la casa real de Francia.
--Eso preguntádselo a Aramis, --contestó con frialdad el conde.
--¿A Aramis? --exclamó con turbación el mosquetero. --¿Habéis visto a Aramis?
--Si, después del contratiempo que sufrió en Vaux. He visto al Aramis fugitivo, perseguido, perdido, y
por él he sabido lo bastante para creer en lo que aquel desventurado ha grabado en la fuente de plata.
--He aquí cómo Dios se burla de lo que los hombres llaman sabiduría, --repuso D'Artagnan con abati-
miento. --¡Buen secreto el que ya conocen catorce o quince personas! Athos ¡maldito sea el azar que os ha
puesto frente a mí en este asunto! porque ahora...
--¿Queréis decir que vuestro secreto se ha divulgado porque yo lo sé? --dijo Athos con severa dulzura.
--¡Ay! otros más pesados he guardado en mi vida, y si no, recorred vuestra memoria.
--Pero nunca tan peligrosos, --replicó D'Artagnan con tristeza. --Sospecho que cuantos estén en este
secreto morirán mal. --Cúmplase la voluntad de Dios, D'Àrtagnan. Pero aquí está el gobernador.
D'Artagnan y sus amigos se identificaron otra vez con los papeles que les tocaba desempeñar.
Aquel gobernador, suspicaz y duro, y muy obsequioso con D'Artagnan, se limitó a poner buena cara a sus
huéspedes y a observarlos atentamente. Athos y Raúl notaron que el gobernador buscaba con frecuencia y
repentinamente ponerles en un aprieto, o sorprenderlos; pero ninguno de los dos se desconcertó; dando así
visos de verosimilitud, si no de verdad completa, a lo que dijera el mosquetero.
Acabada la comida, el gobernador se preparó para dormir la siesta.
--¿Cómo se llama ese hombre? tiene muy mal aspecto --dijo Athos en castellano a D'Artagnan.
--Saint-Mars, --respondió el mosquetero.
--¿Conque va a ser el carcelero del joven príncipe? --¿Acaso lo sé yo? ¿Quién sabe si voy a pasar toda mi vida en esta isla?
--¿Quién? ¿vos? ¡Cá!
--Amigo mío, me encuentro en la situación de quien se halla un tesoro en medio del desierto. Quiere lle-
várselo, y no puede; quiere dejarlo, y no se atreve. El rey no me llamará, temiendo de que otro no vigile tan
bien como yo, y al mismo tiempo me echará de menos sabiendo, como sabe, que, de cerca, nadie le servirá
como yo. Por lo demás, sucederá lo que Dios quiera.
--Por lo mismo que no sabéis nada fijo, --replicó Bragelonne, --vuestro estado es transitorio y os vol-
veréis a París.
--Preguntad a esos señores qué vienen a hacer en Santa Margarita, --interrumpió Sain--Mars.
--Sabedores de que había un convento de benedictinos en San Honorato, digno de ser visitado, y
abundante caza en Santa Margarita, se han decidido a venir.
--Estoy a su disposición como a la vuestra, --dijo Saint-Mars.
--Gracias, --repuso el gascón.
--Y ¿cuándo parten? --prosiguió el gobernador.
--Mañana, --respondió D'Artagnan.
Saint-Mars fue a hacer su ronda, y dejó al mosquetero solo con los supuestos españoles.
--Ved una vida y una sociedad que me fastidian, --exclamó D'Artagnan. --Mando a ese hombre, y no
puedo soportarle, ¡voto a mil rayos!... ¿Os gustaría matar conejos? El paseo resultará grato y poco fatigoso.
La isla sólo tiene legua y media de longitud por media de anchura. Es un verdadero parque. Divirtámonos.
--Vayamos adonde queráis, D'Artagnan, no para divertirnos, sino para conversar con toda libertad.
El gascón hizo seña a un soldado, que comprendió, trajo escopetas para los tres hidalgos, y se volvió al
fuerte.
Ahora, --dijo el mosquetero, --respondedme a la pregunta que ha poco me ha hecho el maldito Saint-
Mars: ¿Qué habéis venido a hacer aquí?
--Hemos venido para despedirnos de vos.
--¡Despediros de mí! ¡Cómo! ¿parte Raúl?
--Sí.
--Apuesto que con el señor de Beaufort.
--Lo habéis adivinado, como siempre, amigo mío.
--La costumbre...
Mientras los dos amigos daban comienzo a su conversación, Raúl,


 

 
 

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